Leyendo hace un momento esta entrada del doctor, me ha venido a la cabeza la enorme cantidad de publicidad que nos intentan meter por las orejas, por los ojos y hasta por los poros día sí y día también. Por ejemplo, el que me llamen del 1485 cosa de unas 3-4 veces al día, incluyendo sábados y domingos, sin ser desde hace muchos años cliente de VomiStar (y me consta que no soy la única a la que se lo hacen). Generalmente, lo que hago es descolgar, contestar con un "¿Sí?" y dejar el móvil por ahí tirado permitiendo que el operador hable un ratito solo. Suele funcionar... durante una semana, una semanita sin llamadas. Pero luego vuelven a la carga.

Como ya he contado en los comentarios del doctor, ayer llamaron a casa preguntando por mi padre (me dieron el nombre y los dos apellidos). Como mi padre no estaba, le dije a la señora que llamaba pues eso, que no estaba, y que si quería dejar un recado. La conversación continuó más o menos así:

—¿Está su señora?
—Sí, ¿de parte de quién le digo que llama?
—De parte de Ángela.
—¿De qué empresa es usted, Ángela?
—...sólo llamo para darle una información.
—Pero ¿una información de parte de qué empresa?
—... (y cuelga)

La verdad es que nunca he sido, para nada, de esas personas que preguntan quién y por qué llama si el destinatario de la llamada está presente. Considero que una llamada es personal, igual que una carta; que es algo entre el que llama y la persona con la que quiere hablar. Pero como estoy harta de que sólo llamen a casa para intentar vendernos algo, he decidido que cuando preguntan por "la señora de la casa" o "el padre de familia" me tienen que dar la ficha completa. Si no me la dan, se siente, pero no hay traspaso de llamada. Si es algo tan privado que no pueden decirle a la persona que coge el teléfono de qué se trata, que no llamen por teléfono. Que esos trastos se pueden pinchar.

Bueno, a lo que iba. Nos meten propaganda hasta en la sopa. Nos llaman a casa para contarnos las bondades de la nueva aspiradora de marca Zutaplén. Nos vienen comerciales a casa intentando encasquetarnos enciclopedias o baterías de cocina. Pagamos un dineral por prendas cuyo diseño distintivo consiste simplemente en que se vea la marca en el pecho, en una manga o en la espalda. En los periódicos digitales nos ponen los famosos anuncios intersticiales cada vez que tratamos de abrir una sección. Los buzones de correo ordinario nos los llenan hasta arriba de papelitos (¿es que nadie piensa en el medio ambiente?). Los buzones de correo electrónico se nos llenan de viagra, cialis y títulos universitarios que se pueden comprar por 150 euros. Es más, los proveedores de correo electrónico o los antivirus y antispyware gratuitos nos añaden una firma promocionándose en todos los correos que enviamos, como pago a asumir por el servicio. Hasta recibimos mensajes en el móvil para que remitamos NOQUIEROSERMILEURISTA a cualquier número de cuatro cifras y así podamos optar a un sorteo de sabe Cthulhu qué (coste del mensaje 1,38€+IVA, mínimo 3 mensajes para optar al sorteo). Ki me estuvo contando el otro día que, viendo un partido de la NBA, se fijó en que hasta el aro de las canastas tiene publicidad. Hasta existen servicios orientados a bloggers que te regalan bajo ciertas condiciones unos determinados bienes... a cambio de hablar de ellos y de los proveedores en tu blog.

No es que piense que la publicidad en sí misma sea mala. Ha existido siempre, y siempre existirá, y es una forma como otra cualquiera de mantener al público informado de lo que sale al mercado. Pero la publicidad intrusiva (por ejemplo el famoso test de la muerte) es extremadamente molesta. Eso sí, debe de tener unos resultados espectaculares, porque, si no, no se explica que no sólo se siga usando, sino que además vaya aumentando día a día. El marketing viral parece en camino de convertirse en el futuro de la publicidad a nivel mundial.

Y me toca enormemente los ovarios.